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Gilest Jaunes: “Macron es incapaz de escuchar a su pueblo”

En un contexto donde la revolución francesa del siglo XVIII asoma a flor de piel en las calles de toda Francia, las historias de lxs manifestantes de los chalecos amarillos se traduce en experiencias de vida, del cotidiano más simple, donde acceder a bienes y servicios primarios en pleno siglo XXI parece ser inalcansable para el pueblo trabajador. La violencia expresada en el centro parisino, los embates de las fuerzas represivas son las contradicciones del propio sistema democrático, originado para occidente paradójicamente en este mismo país. El rol de Macron como representante del sistema financiero global, las disputas geoestratégicas entre el marco de la Unión Europea de cara a la disrupción de Washington, pone en la escena de discusión la propia autonomía de las políticas del gobierno galo. 

 

Esta rotonda a las afueras de Rouen, la capital de Normandía, saliendo de la autopista A-13, es un microcosmos que ayuda a comprender la revuelta de los chalecos amarillos . Una decena de activistas, hombres y mujeres, en su mayoría jubilados, ponen barreras y filtran el tráfico. Están aquí desde el 17 de noviembre. Hacen turnos. Han montado una carpa para guarecerse de la lluvia y disponen de termos de café. Los conductores tocan el claxon en señal de solidaridad. “Gracias a este movimiento hemos recuperado una cierta fraternidad –afirma Alain, exelectricista industrial, de 66 años–. Dejará un rastro enorme. Por la mañana la gente nos regala cruasanes”.

Viaje al país de la rabia

 


En el twitt de más abajo una jubilada francesa expresa su malestar ante el encarecimiento del costo de vida durante el gobierno de Macron.

“Raymonde, 73 años de edad, perdió 150 euros en poder adquisitivo por mes en comparación con la jubilación que inicialmente tocó hace 17 años”.


La insurrección más genuina de los chalecos amarillos se desarrolla en las rotondas, cerca de los grandes centros comerciales, en los peajes de las autopistas. Son checkpoints casi siempre pacíficos. La rabia, la colère –concepto omnipresente – va por dentro, un malestar social largamente incubado que ha provocado episodios muy violentos como los que se temen de nuevo hoy en París.

Las rotondas son ágoras, lugares de tertulia. Sirven para análisis geopolíticos improvisados de personas que nunca han sido escuchadas, que reivindican dignidad y respeto. Se nota que han interiorizado ciertos mensajes populistas, argumentos simples, en blanco y negro, de buenos y malos, típicos de los extremos políticos.


En este twitt puede apreciarse la cantidad de manifestantes en toda francia. No solo París.


 

Lionel, de 65 años, exempleado en el transporte marítimo, explica que cotizó durante 44 años y que su pensión no hace sino disminuir, por los impuestos. “He perdido unos 600 euros al año –se queja–. Eso repercute en mis vacaciones, en los regalos que puedo hacer a mis nietos. Estoy aquí por ellos. Si esto sigue así, trabajarán toda su vida y luego no les quedará nada”.

–¿Qué opina de Macron?

–Es incapaz de escuchar al pueblo. El Gobierno ha abordado el problema con total menosprecio. Nunca había ocurrido en Francia.

Alain votó a Macron pero está muy decepcionado. “Ya no confío en los políticos ni en los sindicatos, en nadie”, dice. “Lo que sucede se lleva cociendo desde hace 30 años –agrega–. La ecotasa ha sido la gota que colma el vaso, el hartazgo. Las puertas están cerradas para la juventud. ¿Le parece normal que haya jóvenes durmiendo en sus coches porque el sueldo no les alcanza para pagar el alquiler?”

 

El ministro del Interior, Christophe Castaner, junto a una de las tanquetas para hacer frente a las protestas (Pool / Reuters)
El ministro del Interior, Christophe Castaner, junto a una de las tanquetas para hacer frente a las protestas (Pool / Reuters)

El más joven del grupo se llama Axel. Tiene 23 años y trabaja en el reciclado de papel y cartón. Desde hace dos semanas se finge enfermo para poder estar en la rotonda. “Muchos lo hacen, también los policías, porque se niegan a pegar a la gente”, tercia Gérard, de 68 años. La reflexión política de Axel lo lleva hasta China. “Imagínese que los chinos pagan más barata la mantequilla francesa que nosotros, con transporte incluido, y todo por los impuestos”, denuncia. El trapero tiene mucha información en la cabeza y la va soltando. Piensa que Francia se equivoca con la ecotasa “porque sólo somos responsables del 0,9% de la polución mundial y países que contaminan mucho más no hacen nada”. “Se nos priva de la libertad de conducir –concluye–. El lema de la República es libertad, igualdad y fraternidad. Para mí libertad significa también la libertad de tener un coche y de poder conducir al trabajo”.

Gérard advierte que los vehículos eléctricos son una falsa solución ecológica, debido a las baterías de litio. “Vi un reportaje por la tele –se escandaliza–. Quienes trabajan en las minas mueren antes de cumplir los 40.”


La revuelta se hace en las rotondas y en los peajes, convertidos en ágoras y tertulias


Junto a Rouen se halla Saint-Étienne-du-Rouvray, una localidad de 30.000 habitantes que fue noticia mundial, en julio del 2016, cuando un sacerdote octogenario fue degollado, en plena misa, por un comando yihadista. En esta ciudad han sido muy activos los chalecos amarillos. “El movimiento aquí tiene mucha raíz obrera –comenta Édouard Benard, portavoz de la alcaldía–. Hemos sufrido la desindustrialización. Cerró una fábrica de Kimberly-Clark que producía los kleenex y una refinería”.

Benard destaca que “hay mucho imaginario revolucionario en la protesta”. “El otro día pasé por un filtro y, como no llevaba el chaleco amarillo, uno me dijo si me gustaba pagar el vestuario de la Madame Pompadour parisina –recuerda–. Se han hecho comparaciones, a mi modo de ver exageradas, con las jackeries (revueltas campesinas, en la Edad Media). Pero es verdad que hay ese imaginario revolucionario y se canta La marsellesa”.


Los mensajes populistas han sido interiorizados por los activistas


El rechazo al poder, encarnado sobre todo en Macron, y a la globalización, son elementos comunes en todas las conversaciones con los chalecos amarillos. A Sonia, de 36 años, la encontramos en un peaje de la A-13, entre Rouen y París. Está muy excitada. Su lenguaje es radical. Reconoce que en las presidenciales votó “a Marine (Le Pen)”, pero ahora no confía ni en ella. “Ya no me creo a nadie –sostiene–. Todos están en el mismo sistema y son cómplices”. “Hay que desalojarlos a todos, también a los periodistas, que se ríen de nosotros –prosigue Sonia–. Hay que destruirlo todo para luego rehacer el país. Quiero que el pueblo tome el poder y se libere de esta casta”.

–¿Piensa que la Unión Europea es el problema?

–El problema son las finanzas.

–¿Y Macron?

–No está cerca del pueblo. Es la puta del poder. Hace lo que le dicen. Defiende los intereses de las finanzas. Hollande ya empezó a destruir Francia. Macron lo ha acelerado.

Antes de despedirnos, Sonia admite una contradicción personal: “Empezaré a trabajar el lunes… en un banco, por desgracia. 1.500 euros netos al mes”.

También en Normandía, en la localidad costera de Port-en-Bessin, junto a las playas del desembarco aliado de 1944, los pescadores de las coquilles de Saint-Jacques (vieiras) se solidarizan con los chalecos amarillos, pero están en plena temporada de pesca de este apreciado molusco y no tienen tiempo para ir a manifestarse. Sí temen por su gasóleo, ahora subvencionado. Están agotados de luchar. Hace poco libraron un nuevo episodio de su periódica guerra con los pescadores británicos.

Mientras abre vieiras con un cuchillo, en el mercado local, y separa la carne de las conchas, Eric, de 47 años, filosofa sobre los problemas del mundo. “Lo que está en juego va más allá de Francia –asegura–. ¿Aceptamos sufrir la globalización o volvemos a los valores del territorio? No digo proteccionismo pero sí devolver el poder a los territorios. Aquí sólo se puede trabajar ya para multinacionales”.

Eric es muy escéptico sobre la UE. “Los últimos países en incorporarse, como Chequia, quizás mantienen el sueño europeo. Pero nosotros estamos de vuelta de ese sueño. Sabemos bien que ya no tenemos el control y son las multinacionales quienes nos gobiernan.

–¿Y Macron?

–Hay que acabar con él, redactar una Constitución ciudadana y redistribuir la riqueza.

–¿Votó por él en el 2017?

–Hace 20 años que no voto. Me niego a votar por el mal menor.

 

 

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