Las consecuencias de la apresurada retirada de EE.UU. de Afganistán

Por Alberto Rodríguez García*

Lo que la OTAN –con su poderío económico, militar y diplomático– no pudo conseguir en dos décadas de incesante guerra, lo han conseguido los talibán en apenas unas semanas. La apresurada retirada de las tropas internacionales, destacando la humillante huída norteamericana abandonando bases como la de Bagram de noche, sin avisar, y regalando equipamiento a los integristas, lejos de compensarse con una fuerte defensa de su territorio por parte del Ejército Nacional Afgano, ha supuesto una terrible debacle y el despertar de un nuevo Emirato Islámico. Según EE.UU. anunciaba que el 90 % de sus tropas se habían retirado, los talibán declaraban que ya controlan el 85 % del país.

Afganistán es la tumba de los imperios. Una tierra indomable en la que solo quien entiende sus dinámicas y coopera pero no invade, sobrevive. Y aunque ahora Biden quiera justificar el patetismo de su doctrina (ir, destruir, huir) afirmando que el objetivo de sus veinte años de presencia en tierras afganas solo era castigar a los responsables del 11S –supongo que el infame presidente considera responsables a más de 70.000 civiles que solo vivían en su tierra y a su manera antes de que les llevasen la guerra–, la realidad es que cuando los marines plantaron sus botas en Afganistán, fue apelando a una supuesta democracia, unos abstractos valores liberales y la creación de un Estado títere.

«EE.UU. ha invertido 800.000 millones para no ser capaces de cumplir ni un solo objetivo: los talibán son más fuertes y experimentados que en los 90 y el integrismo islámico y la yihad han llegado hasta el Sahel».

Lo cierto es que las dos décadas de guerra en Afganistán han sido un desastre para los afganos, pero también un saqueo para el bolsillo del contribuyente norteamericano. Su gobierno ha invertido 800.000 millones para no ser capaces de cumplir ni un solo objetivo: los talibán son más fuertes y experimentados que en los 90, el integrismo islámico y la yihad han llegado hasta el Sahel, y los rivales del imperio (a saber: Rusia, Irán y China) ven en la retirada de la OTAN de Afganistán un fortalecimiento de sus intereses en la región, con vistas a que la misma historia se termine repitiendo en Siria y en Irak, donde las tropas norteamericanas llevan sufriendo un hostigamiento constante por parte de las milicias, antes llamadas pro-iraníes, que han adoptado una agenda propia y no tienen ningún tipo de reparo a la hora de combatir a las que consideran (y de hecho son) fuerzas de ocupación.

Hay quienes pueden teorizar que la de Biden es una jugada maestra, abandonando un país sumido en el caos, de fronteras porosas y con un grupo insurgente de carácter integrista suní que se termine convirtiendo en la pesadilla de Irán, China –agravado por hacer frontera con Xinjiang–  y los intereses rusos en Asia Central, concretamente Tayikistán y Turkmenistán. Y esas teorías tendrían sentido si el mundo fuese como se lo imaginan los cowboys, inherentemente bárbaros, violentos e impulsivos. Pero la realidad es otra. Ni China, ni Rusia ni Irán apuestan por la dialéctica de bombas y fusiles como primera opción, lo que les ha llevado a sentarse tanto con el Gobierno de Afganistán como con los talibán para estudiar las opciones de futuro con cada una de las partes y garantizar cierta estabilidad en las fronteras o al menos evitar un caos total.

«Si hay un sustituto de EE.UU. para rellenar el espacio que deja una potencia saliente, ese mejor y más que nadie es China».

Así pues, el brigadier general de los Cuerpos de la Guardia de la Revolución Islámica iraní Mohammad Pakpour, asegura que no hay problema en los 900 kilómetros de frontera –muy vigilada, eso sí– que comparten con Afganistán; más allá de algunos traficantes que hayan querido aprovecharse de la situación. Y la veracidad de tal afirmación atestiguan los talibán, mostrándose en fotos junto a la frontera, frente a los guardias fronterizos iraníes, pero sin dar un paso más ni suponer una amenaza al país vecino. Lo mismo sucede con Rusia, a donde viajó una delegación para garantizar que no haya una escalada y que Afganistán no se convierta –otra vez– en la plataforma de la yihad global desde donde se fraguan los ataques contra medio mundo (es importante recordar que aunque los rusos tengan a los talibán en cuenta como interlocutores, el grupo insurgente está considerado organización terrorista por Moscú). Y es que ambos países tienen intereses en Afganistán, sobre todo Irán, que no es un país ajeno a la geopolítica de los recursos.

Pero a pesar de las políticas pragmáticas de Irán y Rusia, si hay un sustituto de EE.UU. para rellenar el espacio que deja una potencia saliente, ese mejor y más que nadie es China. Sabiendo los problemas que genera a Pekín la inestabilidad de Xinjiang, hacer una ‘pinza’ desde Afganistán con la cooperación de los talibán es la mejor manera de aislar a los 3.500 militantes yihadistas que hay según las estimaciones más conservadoras. Y además, como gusta tanto a los chinos –que otra cosa no pero han demostrado un enorme sentido del oportunismo–, pueden hacer negocio de ello; cerrando acuerdos para reconstruir la infraestructura afgana a través de otro importante aliado, Pakistán. Todo esto además, es una oportunidad para consolidar la nueva ruta de la seda. Y sin la necesitar de lanzar MOABs (GBU 43/b o ‘la madre de todas las bombas’) ni pegar tiros.

* Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.

 Fuente de origen: RT
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