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COVID-19. Mientras estamos distraídos, se organiza la censura y el saqueo de nuestras almas

La discusión sobre el origen del Covid 19 encubre que muchos sabían que era inminente una pandemia letal (a la que seguirán otras a menos que cambiemos drásticamente los actuales modos de producción) y que como era previsible no pocos planearon como aprovecharla. Entre estos descuellan quienes buscar preservar un estatus-quo moribundo o ensayar el gatopardismo (cambiar aspectos formales para garantizar la permanencia de los esenciales) empuñando las riendas del control social, ejerciendo la censura y saqueando nuestros datos personales, abriendo un nuevo mercado internacional que les permita obtener pingües ganancias a expensas de la devastación de nuestra más elemental privacidad. Lo peor es que –como verán en el sorprendente final– el enemigo está enquistado en el gobierno. Y ni siquiera se molesta en disfrazarse.

POR JUAN SALINAS

La polémica acerca de si el origen del actual coronavirus es “natural” o si ha sido una creación humana, oscurece el hecho harto evidente de que muchos científicos, multimillonarios y hasta políticos bien instruidos venían advertido que la aparición de un virus letal para el que se carecería de vacuna era no sólo inevitable sino también inminente.

Circula por las redes un fragmento de un discurso de Barack Obama que, en apoyo a su frustrado intento de establecer un sistema de salud universal, advertía ya en 2014 que dicha aparición era inexorable.

También hay evidencia de que el multimillonario Bill Gates, la Organización Mundial de la Salud y científicos de muchos países estaban al tanto de que en cualquier momento podría desatarse una epidemia. Y que con decenas de miles de personas circulando entre continentes a bordo de aviones y cruceros que transportaban multitudes, rápidamente se convertiría en una pandemia, una epidemia global.

La práctica totalidad de los científicos de todo el planeta (con la excepción de un biólogo francés que hace más de una década fue agraciado con un Premio Nobel) coinciden en estimar que el virus “saltó” desde un animal a un ser humano.

Lo que está claro

De que ese salto era esperado da cuenta el llamado Evento 201 organizado por Bill Gates, el magnate que creo Microsoft, el pasado 18 de octubre en Nueva York.

Ese encuentro de científicos, políticos y banqueros procuró adelantarse a la irrupción de una pandemia, con tanta puntería que en lo único que falló fue que lugar de acertar con el protagonismo de un murciélago o un pangolín, aventuró que podía saltar a un humano desde un cerdo criado industrialmente.

Al inagurar el encuentro, una presentadora, vocera de Gates, dijo que se trataba de recrear “una pandemia que realmente puede ocurrir” ante lo cual habría que conformar una “junta de emergencia” trasnacional capaz de coordinar la lucha contra la enfermedad y asegurar “la gobernabilidad” planetaria, con el objetivo de fortalecer “el rol clave” que tendrían en la emergencia “los negocios globales y las sociedades público-privadas”.

En síntesis, el encuentro buscó anticipar la situación que estamos viviendo, a fin de conservar el estatus quo, es decir de garantizar que quienes tienen el poder, lo sigan teniendo.

El documento final del evento señala textualmente: “Los expertos coinciden en que es sólo cuestión de tiempo que una de estas epidemias se vuelva global, una pandemia con consecuencias potencialmente catastróficas”.

Tras señalar la escasez de respiradores, mascarillas y trajes aislantes para enfrentar la catástrofe en ciernes, y de prever que los países afectados serían previsiblemente reacios a compartirlos, postuló ponerse a fabricarlos de modo de constituir “una reserva internacional sólida” capaz de garantizar que las personas con pocos recursos económicos tuvieran acceso a ellos, más allá del lugar dónde se fabricaran.

Está claro pues que la pandemia era esperada, y que había quienes planteaban modos de enfrentarla y, seguramente también hubo quienes planearon como aprovecharla.

Disciplina oriental

Su estallido en China, y la manera como el gobierno de ese país la enfrentó, con muchísima disciplina, dio frutos. Al punto de que hoy los casos de Covid-19 que se descubren son de ciudadanos chinos retornados al país desde el exterior. Y China no sólo está no sólo fabricando y proveyendo de mascarillas, respiradores y trajes protectores a medio planeta, sino también, como Cuba, enviando médicos a combatir una enfermedad que han logrado poner bajo control combinando una serie de medicamentos, algunos, naturales.

No se trata aquí de defender la forma de gobierno de China, el poder centralizado en un partido supuestamente comunista… que aboga por el libre mercado, en un feroz enfrentamiento comercial con un Estados Unidos supuestamente neoliberal que se abroquela en un férreo proteccionismo.

Tampoco es el caso de analizar aquí cual es la fuente de la disciplina de la sociedad china, si un gobierno autoritario o una cultura confuciana basada en el respeto por las autoridades y también –y no es un dato menor– por los ancianos, a los que en occidente muchas veces se los condena a agonizar en establecimientos que presumen de geriátricos pero que son tanatorios. Posiblemente dependerá de ambas cosas, vaya a saberse en qué proporciones.

El caso es que la respuesta china fue, aún con atraso, mucho más unívoca y eficaz que la de países con Italia, España, Francia y, sobre todo, Estados Unidos, cuyo presidente primero se opuso a la cuarentena, luego la impulsó de mala gana, y en momentos en que la cantidad de ciudadanos muertos llega a los cincuenta mil (superando a la de caídos en Vietnam) no se le ocurrió nada mejor que coquetear con la idea subnormal de inyectarles desinfectantes a los enfermos. Que hizo que centenares de subnormales le hicieran literalmente caso, con las lógicas consecuencias.

El regreso del “Peligro chino”

Ante el desmadre, Trump y sus secuaces comenzaron a llamar a nombrar al Covid-19 como el “virus chino” (del mismo modo en que hace un siglo se llamó “gripe española” a la surgida en Kansas) lo que motivó que un vocero de la cancillería china replicara indignado que acaso el virus bien podido inoculado o esparcido en Wuhan por alguno de los tres centenares de militares estadounidenses que habían participado en una especie de olimpíadas castrenses realizadas en dicha ciudad, epicentro de la peste, el pasado octubre, justo cuando se realizaba en Nueva York el Evento 201 financiado por Bill Gates.

Un fantasma recurrente agitado por Washington.

Aunque la misma Cancillería china relativizó luego estos dichos, dieron pábulo a quienes creen que el Covid-19 es producto de una manipulación, o bien china, o bien yanqui, o bien de ambos, hipótesis que se expuso en un programa de la RAI hace cinco años (y que haberla difundido le costó a Tomás Méndez un enorme disgusto).

En fin, que hasta ahora hay un consenso generalizado acerca de que el Covid-19 “saltó” de un animal a un humano… lo que no quiere decir, aunque sea improbable, que pueda descartarse sumariamente que haya habido una intervención humana.

Lo que sucede ahora con las incesantes versiones acerca del supuesto origen del virus en un laboratorio chino es muy parecido a lo que pasó con el hundimiento del ARA San Juan: lo más probable es con mucho que se haya tratado de un accidente y que éste haya sido posible porque el mantenimiento del submarino era muy deficiente. Pero en la medida en que la instrucción judicial fue también deficiente y que insólitamente no se han hecho públicas los miles de fotos que se le han tomado al pecio hundido, que deberían disipar las sospechas de que haya podido ser hundido por un misil o un torpedo, es inevitable que esas sospechas sigan existiendo. (Ver …..)

Aunque todo indica que Trump y los émulos de Hitler y Goebbels, acusan a China sin ninguna evidencia, reproducir acusaciones infundadas no constituye, per se, un delito. Para eso habría que probar judicialmente la “real malicia” del emisor, esto es que sabe que lo que dice es mentira y lo propala con ánimos aviesos, por ejemplo, el de calumniar. Lo que es harto difícil.

El regreso de Anastasia

No hay que dejar estos escarceos nos distraigan de lo probado: que había quienes sabían que más temprano que tarde habría una pandemia, y que es obvio sospechar que al menos parte de ellos pudo haberse preparado para aprovecharla, llevando agua a su molino.

En este sentido es pertinente volver sobre otras recomendaciones hechas por el documento final del Evento 201 prohijado por Bill Gates hace siete meses:

Textualmente: “Los gobiernos y el sector privado deberían asignar una mayor prioridad al desarrollo de métodos para combatir la información errónea y la desinformación (…) las compañías de medios deben comprometerse a garantizar que se prioricen los mensajes autorizados y que se supriman los mensajes falsos, incluso a través del uso de la tecnología”.

En fin, que Bill Gates & Friends propusieron que, además de los medios del establishment, Twitter, Whatsapp y Facebook, que ya lo hacen, los gobiernos censuren todo aquello que no sea “políticamente correcto”.

Como si gran parte de las Fake News no fueran puestas en circulación por los medios hegemónicos, repletos de tergiversaciones y aún de crasas mentiras.

El regreso de Anastasia, como bautizó a la censura un caricaturista francés en 1871, semejante ataque a la libertad de expresión y de información, no logró que las asociaciones profesionales de periodistas reaccionaran, quizá porque no quieren ganarse la animadversión de Gates.

Anastasia, la censura, por André Gill.

Saqueo de datos personales

Por otra parte, so pretexto de la pandemia, la derecha planetaria que opera en Argentina a través del Grupo Clarín y sus satélites, todos sirviendo de caja de resonancia de las posiciones de las embajadas de Estados Unidos e Israel, procura controlar no ya sólo los medios que consumimos, sino también qué es lo que hacemos, por dónde nos movemos, a quien vemos, con quien nos juntamos. Qué es lo que pensamos.

Y lo peor es que parte de esa derecha está, no infiltrada, sino claramente enquistada en nuestro gobierno.

Veamos: Para combatir la pandemia, son útiles aplicaciones derivadas del GPS que en nuestros celulares registran nuestros movimientos. Así, si nos infectamos, apenas presentemos síntomas se podrá reconstruir con quienes estuvimos en contacto, de modo de aislarnos, ponerlos en cuarentena para comprobar si se han infectado, de modo de evitar que contagien a otros.

Pues bien, ayer, en el portal de la Presidencia de la Nación fue publicada una ¿nota? titulada “Protección de datos personales y geolocalización”, suscripta por la Agencia de Información pública (que desde la gestión de Marcos Peña Braun contiene la Dirección Nacional de Protección de Datos Personales) cuyo director sigue Eduardo Bertoni, un cajetilla, socio del Jockey Club, nombrado a dedo por el mencionado Peña.

La quintacolumna en acción.

No soy abogado, pero a mi entender dicha ¿nota? ¿disposición? Es claramente violatoria de la Ley 25.326, cuyo fin es “la protección integral de los datos personales asentados en archivos, registros, bancos de datos”, etc. Porque, al decir de un experto encuadrado en el Frente de Todos pero que por comprensibles razones laborales pidió conservar el anonimato, “impone, legitima, un tratamiento automatizado de los datos personales sin requerir nuestro consentimiento para nuevas colectas y usos”.

“Es decir -continuó el experto– blanquea la posibilidad de usar el monitoreo permanente de las personas a través de sus teléfonos móviles, lo que implica una tácita invitación a comerciar, formar un mercado, con esta nueva información. A usar los datos personales almacenados para fines distintos a los que para los cuales fueron colectados”. Dicho de otro modo: habilita y legaliza un mercado negro -por definición nacional e internacional- de datos personales.

“Si se lee con atención el texto se verá que la agencia –sigue el experto–, es decir Bertoni, al ofrecerse a esclarecer las dudas que pudieran surgir de la lectura del texto, lo que hace es ofrecerse a asesorar a las empresas sobre cómo aprovechar este filón”.

En fin que hay, allá y acá, quienes pretenden utilizar la información personal colectada para otros fines y hacerlo sin nuestro permiso. Aunque ilegal y acaso también por eso, un pingüe negocio.

Es preciso cortarlo de raíz. Lo que en este caso, como en tantos otros, implica deshacerse de los quintacolumnistas amarillos enquistados a dedo en lugares estratégicos del Estado.

Porque al ponerle título a su excelente, descriptiva película “Tierra arrasada” (no se pierdan su estreno por Cine.ar), el ministro Tristán Bauer se quedó corto: Lo que dejaron fue un campo minado.

Fuente de origen: Pájaro Rojo

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