El interior del mercado en Damasco

Los secretos del mercado de Damasco

 

Por Sebastián Salgado, desde Oriente Medio, exclusivo para Data Urgente.

 

Siria hoy,  es el día después de una invasión  de los Bárbaros. Sobre todo, recordando que los galos, fueron parte de éstos forajidos para los propios romanos. Así como Francia, es parte de los Estados injerencistas que intentan desestabilizar al Gobierno de Al Assad.

 

La mitad de toda la infraestructura del país está total o parcialmente dañada. Cuesta encontrar paredes sin marcas de balas. Fábricas arrasadas, sistema energético colapsado, escuelas bombardeadas aunque el espíritu intacto, tanto como lo está el símbolo monumental de la espada de Damasco, en el centro de la capital.

Las espadas forjadas de esta ciudad eran superiores a cualquier otra. Los cristianos combatientes de las batallas cruzadas lo sabían muy bien. Enfrentarse a ellas significaba la muerte.  Las características de éste hierro tan filoso, capaz de cortar un velo en el aire o una roca sin desafilar, según la leyenda, es un secreto que los herreros damasquinos entre el 900 y el 1700 D.C, se llevaron a la tumba.

La espada de Damasco
La espada de Damasco

Siria está llena de secretos. Un mapa de estudios hidrocarburíferos en manos de una compañía francesa desconocido para el Gobierno de Damasco, es uno de ellos. Sin embargo, el secreto que mejor me ayudó a entender la invasión a éste país, representada en grupos terroristas, comandados y financiados desde occidente, fue el que me contó un vendedor del mercado Hamidiya de Damasco.

En los más de 7 años que lleva la guerra contra Siria, Hamidiya, se volvió un símbolo civil de la resistencia. Bombas de mortero han caído en varios sectores.  Durante nuestra estancia en Damasco, tres explosiones se sucedieron en el sector más cercano al barrio cristiano, con varios muertos. Los proyectiles, aparentemente, venían desde los últimos bunkers de los suburbios de Damasco, de los grupos terroristas, Daesh y el Frente Al Nusra en las cercanías de Duma.

Llegan las ambulancias, levantan muertos y heridos y los damasquinos vuelven a comprar y vender. Es su forma de combatir, el miedo no los paraliza.  Existen con muchos controles de seguridad, internos y externos. Puntos de chequeo controlados por soldados con detectores de metales, incluso para ir a comprar un kilo de arroz. Con  cafés que funcionan desde hace siglos, como el famoso Qahwet al Nófara, instalado sobre la antigua Mezquita de los Omeyas. Es un laberinto con techos de chapa, telas de colores, vendedores de dátiles, aroma de especias y mil cosas más.

Una semana antes, había estado tomando imágenes de video para el Documental, “Siria los niños y la guerra”. Pedí permiso a un vendedor para grabar la fachada de su tienda y luego me pidió que pasara a conocerla para ofrecerme artesanías. Le expliqué que no tenía tiempo, pero que regresaría otro día. Desconfiado, me despidió.

Una tarde,  me decidí a comprar un pañuelo árabe o Kufiyeh, y regresé. El tipo reconoció mi cara entre las decenas de miles que ve todos los días. Le compré dos pañuelos y un mantel (un gran vendedor, dado que ningún corresponsal de guerra necesita manteles).  Me creyó europeo, le dije que era argentino. Finalizados los chistes de Maradona, pasamos al siguiente nivel de confianza, aunque no le di más información sobre mi persona. Todo lo que sabía de mi, era que yo era un periodista argentino. Marcó un número de teléfono, desde un aparato viejo y cableado y me pidió que dijera cualquier cosa en español, a la persona del otro lado.  Solo se me ocurrió, pedir una pizza de cebolla y muzzarella. Era un tipo que vendía muebles antiguos y sabía hablar bastante español. Se rieron más y me invitó a conocer su local que estaba dentro del mismo mercado. Como no quería verme con una mesita de luz en la mochila, entre los campos de refugiados, falté a la cita.

Llegó un pibe con dos jarritos de té, en vasos de vidrio sin manija. No sé cuando los había pedido mi circunstancial anfitrión, pero despreciar un té en oriente en como rechazar un mate en La Pampa. Se trata de compartir algo, más que  tomar una infusión. Los sirios lo saben, porque toman mate con yerba del litoral argentino. Cada uno, con un mate individual chiquito. Es muy común, incluso los soldados en el frente de batalla.

Finalmente, como sacando valor de sus entrañas, el tipo me mira y me dice, ustedes los periodistas dicen todas mentiras. Yo no digo mentiras,  le contesté. Ustedes saben lo que está pasando en mi país, pero cambian las cosas, me retrucó.

Tal vez algunos periodistas, o los medios que los contratan, le dije para tomar distancia. Sin esperar demasiado, con la tienda vacía de gente, me contó su secreto, en medio del desorden de telas que yo mismo había dejado.

Mira, hace 10 años, vinieron tres turistas de Estados Unidos y se sentaron donde ahora estás tú. Me compraron muchas cosas sin preguntar el precio y me dijeron que en realidad estaban interesados en compras mayoristas.  Me invitaron a comer y acepté de buena gana. En la cena, me dijeron que el Gobierno de mi país era muy corrupto y que eso cambiaría pronto, para el bienestar de todos los sirios. Ellos estaban trabajando en ese sentido, me confesaron bajando la voz. Me preguntaron si estaba en condiciones de venderles armas, que podían pagarme en dólares al momento de la entrega. Tu sabes que en estos mercados se consigue lo que quieras, les dije que sí podía conseguirlas.  Me encargaron armas largas y coordinamos una siguiente reunión en un lugar privado donde les llevé varios tipos. Sabían manejarlas y se mostraban confiados con ellas en las manos. Ese día, se sumaron dos personas más que nunca había visto. Todos hombres, todos estadounidenses. Era el inicio de lo que se llamó “La Primavera árabe.”

Igual que con las telas, no les preocupada el precio en lo más mínimo. Les tripliqué el valor de lo que podían conseguirse en ese momento en el mercado ilegal y aceptaron sin regateos. Me encargaron cientos de fusiles, armas automáticas, granadas, chalecos antibalas y cuanta cosa podía ofrecerles para un enfrentamiento armado.  Acordamos hacer la entrega unos diez días después, por la noche, en un viejo galpón abandonado.

El relato me incomodaba y me atrapaba a la vez. El té ya estaba tibio. No giraba la cucharita, por temor a que el ruido contra el interior del vaso, interrumpiera la historia.

No pude  completar todo el pedido del arsenal, confesó el mercader,  pero si una gran parte. Las armas llegaron al lugar acordado, pero yo no. Una semana antes, notifiqué a la policía local de la operación, para denunciar a éstas personas. Me pidieron que no la detenga, porque necesitaban dar con los responsables. Que había más denuncias como la mía.  Efectivamente, la noche acordada, los ciudadanos estadounidenses disfrazados de turistas, fueron detenidos por las fuerzas de seguridad sirias y encarcelados. En esos días, pude entender lo que se venía contra mi país.

Tal vez yo pude hacerme rico y ya no necesitaría trabajar en el mercado, pero el amor por mi patria es más grande.  Yo no sé, si el Gobierno de Bashar al Assad, es muy bueno, pero es el mejor que podemos tener en éste momento. Incluso, dio más apertura que su padre Háfez. Creo que tienen que mejorar muchas cosas, pero nos representa a todos los sirios. Permitir que los intereses extranjeros tomen nuestro gobierno, nos pondría en el mismo lugar de países como Libia o Irak, con gobierno totalmente dominados.

Estatua de Hafez Al Assad
Estatua de Hafez Al Assad

 América (Estados Unidos) nos invadió de todas maneras, pero nosotros mantenemos nuestra dignidad desde el mercado de Damasco, ese es nuestro secreto. Nunca cerramos las puertas.

 


Autor Sebastián Salgado, Data Urgente


Créditos de Data Urgente

Producción de la noticia: Sebastián Salgado

Edición general, planificación y gestión digital: Hernán Giner

Dirección del proyecto: Sebastián Salgado


 

 

 

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