Ni un paso atrás

La manera más efectiva para persuadir a las jóvenes generaciones sobre la importancia que guarda el momento histórico que vive nuestro país, es volver para retomar la lectura de valiosos intelectuales y escritores que interpretaron la realidad desde perspectivas enriquecedoras. Hay que volvernos autodidactas en la búsqueda del conocimiento, no es necesario otra guía más que la voluntad y las ganar de aprender.

El clima se siente distinto. Se respira un hálito conocido por su periodicidad quinquenal, las arengas de campaña empiezan a aflorar, narrativas discursivas comienzan a subir de tono cada vez con mayor intensidad, los intercambios de criterios entre contendientes en ocasiones adquieren un cariz pugilístico. La ingente cantidad de hechos noticiosos se desvanecen con rapidez, pues los medios de comunicación están concentrados en su propia agenda mediática que gira en torno a los comicios electorales del 2019.

 

La mordacidad de los argumentos que en otrora eran un arma letal para despedazar las nociones y precepciones del oponente si bien tenían hasta cierto punto un grado de decoro y mesura, ahora tales argumentos en su mayoría no son más que diatribas e improperios cargados de odio y resentimiento.

 

Todos los dardos apuntan a posicionar la noción inequívoca de que en Bolivia se vive un resquebrajamiento del Estado de Derecho y que impera la mayor de las “Dictaduras” jamás acaecidas. Para ellos la dictadura militar es un chiste al lado de lo que acontece actualmente. Al margen de que tales argumentos persiguen dañar, mancillar y denostar la imagen del presidente Morales mediante interpretaciones malintencionadas. Lo que se pretende en última instancia es generar una situación de crisis e inestabilidad apoyada en arengas de odio y acciones que pretender incitar a la violencia.

 

Sin embargo, el Gobierno no es ajeno a lidiar momentos de crisis e inestabilidad política o situaciones de convulsión social de relativa envergadura. De hecho, hubo momentos en los que hasta el más optimista pensaba que el proyecto político liderado por el presidente Morales se caía a pedazos el 2008. Sin embargo, la compulsa entablada con la oposición en ese entonces tendría como punto de culminación el 7 de febrero de 2009, fecha en la que se promulgó la nueva Constitución Política del Estado. Nueve años después, si bien el contexto no es el mismo, la intención de parte de los detractores no ha cambiado ni un ápice.

 

En consecuencia, podría decirse sin rubor alguno que la oposición política atrincherada en la Asamblea Legislativa Plurinacional hasta ahora, no ha demostrado la suficiente capacidad para encauzar y dirigir un proyecto de país que sea capaz de cohesionar y aglutinar a la ciudadanía, su fracaso como proyecto político es producto de su propia miopía, pues no entendieron que el pueblo está cansado de los constantes y los entregadores que se desesperan por saciar sus ambiciones personales, antes que llevar a cabo un programa de gobierno serio y responsable con el país.

 

En otras palabras, el desplazamiento que sufrió la clase política que gobernó Bolivia hasta el 2006, fue acechada en parte por ellos mismos, es decir líderes mezquinos y sedientos de protagonismo fraguaron quizá sin pretenderlo un auto sabotaje feroz. Empero, la oposición acantonada en algunos departamentos y municipios se dio a la tarea de asumir los retos que los primeros no pudieron llevar adelante, estos últimos al igual que los anteriores tratan de restaurar viejos privilegios. No es otro el interés.

 

La nostalgia los agobia y la añoranza en lontananza se apodera de ellos. Noches sin dormir, días enteros cavilando la manera más eficaz de retornar al poder, aquel poder arrebatado de sus manos por un pueblo cansado de ver como manejaron los designios de este país los últimos 180 años. Para quienes no entendían la razón por la cual la oposición se desagarra las vestiduras recurriendo a ataques iracundos e infundados. He ahí el motor que impulsa su accionar.

 

Empero, el referéndum del 21 de febrero de 2016, abrió una grieta a un muro que parecía infranqueable. “Sin Evo en la papeleta electoral el régimen tiene los días contados”. Muchos frotaban sus manos ansiando que el día de los comicios electorales fuera ¡ya! ¿Y si adelantamos las elecciones? Otros incluso imaginaban festines fastuosos con sus acólitos más allegados, como queriendo anticipar felicitaciones por la reciente designación.

 

Personajes camuflados de analistas políticos y que formaron parte de aquellos gobiernos cuando estuvo vigente el viejo Estado Republicano, que acusaban (y acusan) al Gobierno de violar derechos humanos, de extinguir el Estado de Derecho, de desfalcar las arcas del tesoro general de la nación, de instaurar por encima de las instituciones del Estado la más férrea dictadura, agradecían a los medios de comunicación por haber difundido sus ideas y percepciones a través de una auspiciosa libertad de expresión, que ellos mismos decían que era inexistente.

 

Si llegara a suceder…

 

Imaginemos que por un momento sus aspiraciones se materializaran: La derrota fue amarga, la frustración inmensa. Por ahí se escuchó decir ¡Pasamos tantas calamidades y luchamos desobedeciendo al cansancio en innumerables ocasiones, que es increíble que la gente se haya dejado embaucar tan fácilmente! En otros lugares la tristeza no halló consuelo. La gente más humilde y que vio desde el principio la asunción al poder del primer presidente indígena de Bolivia se negó a aceptar el revés acaecido.

 

Mientras tanto en América Latina. Mauricio Macri en Argentina, Michel Temer en Brasil y Lenín Moreno en Ecuador, de diferente manera empezaron a desmontar de a poco las políticas públicas implementadas en los gobiernos que los precedieron.

 

En Ecuador la estocada propinada a Rafael Correa urdida bajo el manto de la traición por el presidente Lenín Moreno e impulsada mediante referéndum del 4 de febrero mandó al ostracismo a su predecesor. Es decir, Correa no puede volver a participar como candidato a la presidencia del Ecuador.

 

En Brasil se pretende a toda costa evitar que Luiz Inácio Lula da Silva –que lidera las encuestas de opinión- vuelva a ser candidato por el Partido de los Trabajadores (PT) en los comicios electorales que se llevarán a cabo en octubre próximo. El objetivo, está a un paso de consumar su cometido.

 

En el Perú la lucha por el legado de la dinastía Fujimori, revitalizada por Keiko y Kenji (al margen de las diferencias) a través del partido político Fuerza Popular puso en apuros al presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK). La maniobra efectuada por PPK, en el Congreso para salvar su presidencia nos hizo recordar que los pactos congresales tienen precios muy altos que pagar (indulto humanitario).

 

En Venezuela la advertencia del desconocimiento de los resultados a las elecciones que se llevarán cabo el 22 de abril, sumado al deseo del secretario de Estado estadounidense Rex Tillerson de que las Fuerzas Armadas de ese país se subleven en contra de Nicolás Maduro, denotan que algunos prefieren una salida de la crisis por medios violentos.

 

El contexto que acontece en América Latina, con absoluta claridad devela que existe la plena intención de impedir a toda costa, que presidentes como Correa y Lula no puedan volver a ser electos por el voto popular. En otras palabras, la restauración conservadora está en marcha hacia su consolidación pues al parecer tiene la vía expedita.

 

En Bolivia la Sentencia Constitucional 0084 / 2017 emitida por el Tribunal Constitucional Plurinacional, le dio un giro inesperado a las cosas. El tablero se volteó de cabeza, generando un sentimiento de rechazo en colectivos ciudadanos, opositores y demás. Tal situación acarreó una obsesión ofuscada de parte de algunos analistas que arguyen con ahínco y desde todo punto de vista la imposibilidad de la habilitación del presidente Morales el 2019.

 

Más allá de la argumentación jurídica o de los recursos que serán presentados ulteriormente con la finalidad de impedir la participación del presidente Morales (los cuales al parecer difícilmente arribarán a buen puerto). La preocupación apremiante quizá debiera provenir desde el interior del mismo gobierno. ¿Será posible repetir las victorias electorales del pasado con la misma intensidad y efectividad?

 

La ofensiva encausada nos hace entrever que los tiempos han cambiado. Las generaciones no son las mismas, por ende el discurso y el proyecto político no pega con la misma intensidad. En definitiva, la victoria a diferencia de años anteriores pasa por conquistar los corazones de muchos apáticos a través de una agenda concordante con las expectativas y esperanzas de aquellos que se consideran ajenos a la política.

 

Influenciados en su gran mayoría y seducidos por las plataformas virtuales del momento, más que por una formación ideológica capaz de sobrellevar y aguantar las constantes e incesantes arengas de intolerancia, intransigencia y palabras de odio propaladas alegremente sin mella ni culpa alguna. La participación de la juventud será decisiva en las elecciones generales de 2019, ya que inclinará la balanza a uno u otro lado.

 

Es preciso, hacer hincapié en que esta juventud se caracteriza porque las relaciones interpersonales las establece a través de las redes sociales. Si bien estas redes contribuyeron a crear comunidades virtuales de inmensa proporción, acortó distancias y permitió expandir percepciones de todo tipo sobre diversos temas. Simultáneamente amplificó discursos de animadversión que parecían ya superados.

 

Un rasgo distintivo de las redes es que los usuarios pueden interactuar todo el tiempo entre ellos, compartiendo sus momentos de solaz y tristeza, empero también están expuestos a un cúmulo de desinformación y especulación atroz, la cual es difundida velozmente. Entonces, las plataformas virtuales son un escenario en el que enjambres de internautas interactúan entre sí influenciadas por información manipulada y tendenciosa, sobre acontecimientos en su mayoría coyunturales. Entonces ¿Cómo hacer para que la información que recorre la red sea confiable, veraz y oportuna?

 

Lo primero que debe hacerse es tratar de erradicar los mensajes de odio de la red, eso no quiere decir censurar de ninguna manera, sino implica no caer en el juego de aquellos malintencionados que tratan de rebajarnos a su nivel. El odio y la violencia no se erradican con intolerancia y rencor.

 

Segundo, el flujo de la información debe ser compartido responsablemente. La ingenuidad no es pretexto valido para justificar que uno fue embaucado y fue presa de la voracidad de los trols que inundan la red.

 

Tercero, no es prudente conformarse con la información proporcionada a través de memes e imágenes circunstanciales. Es grosero creer que el fin de la historia acaba en una imagen didáctica y graciosa.

 

Cuarto, la única manera de evadir la ola apabullante y el ímpetu del desarrollo tecnológico, es volver a visitar aquellos santuarios del conocimiento, abandonados y dejados atrás en el olvido. La biblioteca. Podrán decir que esta sugerencia es anticuada. Sin embargo, pensando detenidamente no parece una idea descabellada, al final de lo que se trata es de devolverle a las personas su capacidad de interrelacionarse más allá de una aplicación y una pantalla fluorescente.

 

La manera más efectiva para persuadir a las jóvenes generaciones sobre la importancia que guarda el momento histórico que vive nuestro país, es volver para retomar la lectura de valiosos intelectuales y escritores que interpretaron la realidad desde perspectivas enriquecedoras. Hay que volvernos autodidactas en la búsqueda del conocimiento, no es necesario otra guía más que la voluntad y las ganar de aprender.

 

¿Un juego sin reglas o reglas desconocidas de un juego desconocido?

 

Que diferente es el nuevo tiempo. La velocidad de los cambios relega aquellos que no se adaptan ni reinventan. Al igual que el desarrollo tecnológico avanza a pasos agigantados, los políticos tienen la obligación perenne de reinventarse e innovar, ir en contra ruta implica perecer. En América Latina la factura fue pagada a costa de suprimir conquistas sociales que esperaron lustros en hacerse realidad y que ahora ante la mirada impávida de muchos es arrebatada sigilosamente.

 

No resistir momentos de crisis e inestabilidad o situaciones signadas por la conspiración política implica un retroceso imperdonable. Ahora mismo, la coyuntura marca una ruta adversa. Para consuelo de muchos la oposición engrosa sus filas con viejos políticos que celosamente incurren en viejas prácticas ya conocidas. Sumado al hecho de la inverosímil resistencia al no permitir la renovación al interior de sus organizaciones políticas, que tanto pregonan y de la cual públicamente se ufanan practicar.

 

La certidumbre parece cada vez más distante, el reflejo que emana engaña hasta el más avezado. Si ya se contaba con la experiencia de que la oposición a través de algunos medios de comunicación amplifica y distorsiona los hechos de manera hasta cierto punto irresponsable (me refiero al caso Zapata), como es posible que luego de aprobar el Código del Sistema Penal el mismo haya sido objeto de patrañas y mentiras de todo tipo. Donde quedo el viejo adagio que decía: La primera vez caí, la segunda tuve cuidado.

 

Los ataques son cuidadosamente propinados y muchos creen que la estocada final ya fue dada. De hecho, los festines anticipados con invitados de lujo no pueden prolongar más la espera ¡hay que sacar de palacio a Evo cueste lo que cueste! La desesperación y la ansiedad carcomen sus entrañas. Solo la conciencia de un pueblo evitará que los comensales que esperan afanosamente reingresar, sigan esperando por mucho tiempo más. El Proceso de Cambio no puede detenerse ni dar un paso atrás, aún falta mucho por hacer.

Fuente: Vidal Amadeo Laime, La época

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