45 años de la dictadura argentina: Juan Carlos I ordenó que España fuese el primer país en reconocer el régimen de Videla

Nada más producirse el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, el rey exhortó al embajador que se apresurase a entregar el aval oficial a la dictadura. Distintos documentos oficiales muestran las excelentes relaciones que se establecieron entonces entre la España de la transición y la Junta de militares, responsable de miles de crímenes.

DANILO ALBIN

Del sufrimiento cercano al terror generalizado. Del horror de un caso concreto al drama de otros 30.000 seres humanos ejecutados, de forma diferente y atroz, por el terrorismo de estado que lideró Jorge Rafael Videla. El editor de libros Alberto Santiago Burnichón fue una de las primeras víctimas de la dictadura argentina. Lo secuestraron un 24 de marzo de 1976, el mismo día del golpe de estado. Al día siguiente apareció dentro de un pozo con siete disparos en la garganta.

El dictador Jorge Rafael Videla durante la jura como «presidente» de Argentina el 29 de marzo de 1976, seis días después del golpe de estado. — AFP

Un poco antes o un poco después de que Burnichón fuera asesinado en la ciudad argentina de Córdoba, el embajador de España en Buenos Aires, Gregorio Marañón, batía el récord de la vergüenza: siguiendo instrucciones del rey Juan Carlos I, este país se convertía en el primero que reconocía oficialmente a la dictadura de Videla, que mediante un golpe de estado había desalojado del poder a María Estela Martínez de Perón.

La pesadilla duró varios años. Las primeras elecciones generales se celebraron en octubre de 1983 y el primer presidente democrático tras ese periodo de terror de estado, Raúl Alfonsín, juró su cargo dos meses después. A lo largo de los más de siete años de dictadura, más de 30.000 argentinos –entre los que se encontraba Burnichón– fueron secuestrados, torturados y asesinados mediante diversas técnicas: lanzados vivos desde aviones, fusilados en campos de concentración o torturados hasta la muerte. También hubo bebés robados y apropiados por militares o civiles cómplices. Y hubo, además, negocios y apoyos económicos desde el exterior. España entra de lleno ese último punto.

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