La extrema derecha europea renace en Milán: «Da miedo volver a escuchar todo esto aquí»

Este sábado se escenificó en la plaza del Duomo de Milán el renacer de la extrema derecha europea en un acto con suficiente carga simbólica para marcar un nuevo inicio. ¿Lo fue?

Los actos políticos a veces, solo a veces, se convierten en eventos históricos. Fechas y lugares que años después se repiten de memoria en las escuelas para explicar esos momentos en lo que comienza o acaba algo. Como ese 29 de abril de 1944 en el que el cadáver de Benito Mussolini colgaba por los pies en la plaza milanesa de Loreto poniendo punto final al fascismo. Este sábado, a 3,4 kilómetros de allí, se escenificó en la plaza del Duomo de Milán el renacer de la extrema derecha europea en un acto con suficiente carga simbólica como para marcar uno de esos inicios. ¿Lo fue? Se sabrá en unos años. Y tendremos las primeras pistas en unos días, cuando hablen las urnas en Europa.

En Milán hubo gente, miles de personas. Pero no cientos de miles, como esperaban los organizadores. Vinieron representantes de la extrema derecha de Bulgaria, Bélgica, Eslovaquia, Estonia, Austria, Holanda, Francia, Alemania, República Checa, Dinamarca y Finlandia. Todos unidos más por un enemigo común que por un proyecto convergente.

Matteo Salvini. (Reuters)

«Debemos liberar Europa de la ocupación de Bruselas», decía el exultante anfitrión Matteo Salvini, vicepresidente de Italia, ministro del Interior, líder de la Lega y, desde ayer, abanderado por aclamación de una amalgama de partidos «eurófobos» continentales con un complicado proyecto ideológico que pretende refundar Europa.

No llegó Salvini a aclarar qué comparten ideológicamente esos doce líderes europeos subidos al mismo escenario y se limitó a hacer algo más sencillo. Dejar claro lo que, según él, no son. Fue una sorpresa: «En esta plaza no hay racistas, ni fascistas. Aquí no está la ultraderecha, está la política del consenso. Extremistas son los que han gobernado la Europa de la desigualdad».

«La revolución de las sonrisas»

La de ayer fue una jornada larga que Salvini llevaba semanas preparando. Querían todos los oradores recalcar que aquel era un acto histórico. Lo reclamaban y lo anunciaban, uno a uno, en sus primeras cortas intervenciones.

«Vivimos un momento histórico y le podréis decir a vuestros nietos que estuvisteis allí», decía la francesa Marine Le Pen, aplaudida en cada una de sus soflamas. «Esta bella manifestación es el acto fundador de la revolución pacífica y democrática (contra) la Europa de los esclavos y desempleados», agregó, con voz rotunda, manejando perfectamente el escenario. Ella hizo de telonera y ayudó a calentar el ambiente, algo enrarecido por la lluvia. Él tomó el micro con la gravedad de estar firmando un discurso destinado a los altares de la alta política.

Tiro del manual populista, con citas elegidas. Hizo suyos los mensajes de una larga lista de personajes históricos y se dio golpes en el pecho por el dolor de los niños, fruto de sus desvelos: «Me he despertado en casa abrazado a mi hija de seis años, pensando que esto lo hacemos por nuestros hijos. Chesterton decía que el verdadero soldado combate no porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que tiene detrás», empezó declarando el italiano.

No fue el periodista y pensador inglés su única referencia. Habló e hizo suyas vidas, frases o políticas de Juan Pablo II, Churchill, Trump, De Gaulle, Thatcher, la Virgen María, el cardenal africano Robert Sarah y hasta de Galileo.

«Somos como Galileo, un ejército pacífico que salva el futuro de nuestros hijos». Porque ese fue un enfoque en el que incidió constantemente Salvini, no son un movimiento violento, «somos la revolución de las sonrisas». Sonrisa fue machaconamente la palabra que más uso el italiano que, como hizo el holandés Geert Wilders antes, advirtió del «riesgo de islamización de Europa».

«Estamos bajo ataque»

También entró en esa guerra de culturas y religiones que sobrevolaba las palabras de sus colegas: «Una religión que dice que la mujer es inferior al hombre nunca será aceptada en mi casa». Entendamos aquí que para Salvini, casa es toda Italia.

Daba igual, la gente aplaudía haciendo malabares entre paraguas y manos. Tras escucharlos a todos, dejaron el acto con algunas ideas claras: los malos son Merkel, Macron y Juncker, abucheados cuando eran mencionados; la solución de todos los males es recuperar la soberanía, detener la inmigración —especialmente islámica y africana—, acabar con los burócratas de Bruselas y respetar los verdaderos preceptos europeos que marca la tradición judeo-cristiana. Cuando todo eso ocurra, y con lo que quede en pie, se refundará Europa.

Salvini había movilizado a su público desde primera hora denunciando a esos poderes fácticos que amenazan siempre su obra. «Estamos bajo ataque», denunció el líder de La Lega ante la denuncia de un escándalo de corrupción por el desvío de 43 millones de euros que crece en sus filas.

Viceprimer ministro italiano, Matteo Salvini, en el mitin de Milán. (Reuters)Viceprimer ministro italiano, Matteo Salvini, en el mitin de Milán. (Reuters)

«Vale, pero menos inmigrantes»

«Estamos aquí para ayudar a Salvini que lo quieren meter en problemas», dice Ricardo Rossi, un entusiasta seguidor de Salvini llegado desde Génova. ¿Pero hoy no se trata de Europa? «Para eso mejor hable con nuestro líder del grupo». Y el líder del grupo, Antonio Oliveri, parece tener más claro porque están allí: «Queremos una Europa que defienda a la gente y queremos que se defiendan las fronteras», dice. «Y que vengan menos inmigrantes», añade Ricardo. «Eso ya se incluye en que se defiendan las fronteras», le replica el serio Antonio. «Vale, pero que vengan menos inmigrantes», incide él.

Y es que el mensaje, en general, tiene puntos comunes apoyados por casi todos los asistentes. La idea de que la actual UE sirve al eje franco-alemán y ha destruido a Italia es uno de ellos: «Para Italia el euro ha sido igual que una guerra, ha destruido nuestra economía mientras otros se han hecho de oro», señala Mauro Buzzetti, también genovés.

«Europa no beneficia igual todos. La que gana es Alemania, pero mire países como Grecia o Portugal», dice Jean Paul Spana, un jubilado francés que porta una bandera su país y uno de los pocos extranjeros en la plaza del Duomoque no fueran grupos de turistas orientales que pasaban rápido entre la multitud para visitar la catedral. «Hasta en la Segunda Guerra Mundial, pese a todo, había una noción de sentimiento europeo que la actual UE no tiene», concluye Spana.

«Espero que siempre me respeten»

No muy lejos del francés, porta una gorra de la Lega con orgullo Ehel Mahnound, un mauritano de 63 años que lleva 32 años viviendo en Italia. «Salvini dice primero los italianos, y a mí me parece justo. Los ciudadanos italianos están sufriendo y un Estado que deja sufrir a sus ciudadanos es una porquería». ¿Pero quizá usted con estas políticas que propone Salvini hace 32 años no hubiera podido venir a vivir aquí? «Yo he respetado siempre a este país y espero que este país siempre me respete», contesta.

Lo cierto es que la gente ha aceptado y dado por buenos los preceptos de su líder sin terminar de contrastarlos. Armando Mattafarano, un calabrés de 67 años, escucha con atención a la amalgama de políticos europeos a la espera de que hable Salvini. ¿No le molesta que hasta hace poco Salvini les llamaba ‘terroni’ (paletos) a la gente del sur y pedía separarse de ustedes? «Eso era antes, es algo ya pasado», responde. ¿Qué piensa de este acto? «Yo no quiero salir de Europa, quiero cambiarla. Salvini tiene razón cuando dice que Italia ha absorbido toda la inmigración mientras Alemania y Francia no recogen inmigrantes».

Manifestación en contra el acto de Salvini en Milán. (Reuters)Manifestación en contra el acto de Salvini en Milán. (Reuters)

No hay un deseo de ruptura, declarado al menos. Aunque es evidente que la Europa que proponen no tendría nada que ver con la actual. “Habrá que pasar por una transición que irremediablemente acabará con algunas cosas y conceptos de la UE actual y que acabé con los beneficios del eje franco-alemán”, reconoce la milanesa Fiorella.

«Da miedo»

El acto acaba dentro de un ambiente tranquilo, sin reproches ni gestos violentos. No eran los allí congregados un grupo de extremistas llenos de tatuajes y cabezas rapadas sino personas calmadas de mediana edad.

Solo hubo algún conato de enfrentamiento cuando apareció en la plaza un grupo de contrarios a Salvini tocando sus silbatos, o cuando una señora les recriminó a un grupo de manifestantes que venía de la Toscana que cambiaran el himno de la izquierda italiana, ‘Bella Ciao’. En vez de «invasor», como dice la canción, ellos cantaban ‘el Capitán’, como llaman a Salvini. «Dan ustedes vergüenza, no toquen al menos los símbolos de los otros», gritaba ella. No muy lejos, dentro de la misma plaza, un nigeriano se hacía fotos entre la gente mientras me decía en voz baja en inglés: «Que se joda Salvini, es un racista de mierda».

Acabó el evento bajo una lluvia fuerte que Salvini calificó de purificadora. La convocatoria fue un no éxito y un no fracaso. Los organizadores esperaban más gente, los críticos querían menos. María, una mujer de Trento que junto a su marido se han turnado con generosidad para taparme de la lluvia con su paraguas mientras hablaba Salvini, se marcha emocionada. ¿Le gustó lo que dijo Salvini? «Mucho». ¿Por qué? «Me dio esperanza. Yo soy abuela, tengo nietos, y a mí ya me da igual, pero necesito tener esperanzas para esos niños».

No muy lejos, otra mujer, de mediana edad, permanece callada e inmóvil. Me acerco y le pregunto qué piensa. Ella, sin mirarme, responde: «Da miedo volver a escuchar todo esto aquí».

Fuente de origen: El Confidencial

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