Nicolás Maduro

“La guerra de Estados Unidos contra Venezuela”

Por Stella Calloni para Diario Contexto

El triunfo electoral del presidente Nicolás Maduro y de la Revolución bolivariana es un acto heroico de resistencia de un pueblo y un gobierno que decide continuar su camino verdaderamente democrático en medio de una guerra contrainsurgente económica, política, diplomática y psicológica que dirige y financia Estados Unidos, la potencia imperial que mantiene una estrategia de golpismo permanente en Venezuela desde abril de 2002, cuando Washington fracasó en su primer intento de derrocar al entonces presidente venezolano y líder latinoamericano, el comandante Hugo Chávez Frías.

No es una simple confrontación electoral, cuando además esta Guerra de Baja Intensidad (GBI) pero de extrema violencia se está aplicando en todo el continente en un proyecto geoestratégico de recolonización en pleno siglo XXI, mediante lo cual ya ha sometido a varios países utilizando golpes de Estado con las nuevas metodologías, como hemos visto en Honduras (2009), Paraguay (2012), Brasil (2016), y en los intentos fallidos de Bolivia (2008), Argentina (2008) y Ecuador (2010), y a su manera puede caracterizarse como un golpismo poselectoral lo sucedido en Argentina en 2015.

En este último país triunfó una alianza derechista conformada por Washington, imponiendo un gobierno integrado por empresarios dependientes de fundaciones de la inteligencia estadounidense, que violentó el programa político y embaucó a una población, sometida al chantaje periodístico, para luego hacer todo lo contrario de lo prometido, gobernando mediante decretos y vetos, como una dictadura, y amparándose en la impunidad que le da la protección imperial.

Los analistas, que aconsejan una serie de medidas económicas al gobierno de Maduro, parecen no entender que todos los planes golpistas contra Venezuela se incrementaron con un nivel de violencia extrema a partir de la muerte de Chávez en 2013, aplicando las viejas tácticas contrainsurgentes, como el desabastecimiento, la propaganda de guerra, el esquema fascista de la mentira y la desinformación, la confiscación de dineros en cuentas externas, el bloqueo, el robo masivo, sabotajes, acciones de calle de violencia extrema utilizando mercenarios y paramilitares colombianos. Es decir, lo realizado por la CIA contra el presidente socialista Salvador Allende en Chile en 1973, sobredimensionado en este caso por las nuevas tecnologías.

Documentos varios del Comando Sur, que pueden leerse en las propias páginas de esa institución militar estadounidense, y algunos otros que nunca serán publicados pero que suelen aparecer por otros medios, dan cuenta de los planes aplicados a Venezuela en los últimos años, incluyendo la violencia en la calle y las amenazas de intervención militar. Todo esto ha sido derrotado en los últimos cuatro años por respuestas inteligentes y creativas del hombre que eligió Chávez para sucederlo, Nicolás Maduro, y su equipo, que se conformó durante los años en que el chavismo fue instalando el proceso revolucionario venezolano.

Por todo esto, y a pesar de los millones de dólares gastados por Washington para sostener a la oposición venezolana y la diversidad de planes montados a lo largo de estos últimos años, que dejaron decenas de muertos, heridos, discapacitados, además de la destrucción de una cantidad de edificios públicos, universidades y escuelas, llevó la situación a un punto límite.

La mayor herencia que dejó Chávez fue precisamente la de un pueblo consciente de su fuerza y capacidad de resistencia, sin lo cual hubiera sido muy difícil resistir la brutal embestida económica que destruyó programas avanzados en favor de los sectores más despojados, reconocidos incluso por Naciones Unidas. El papel de la oposición violenta fue muy preciso en esta destrucción, pero el escalamiento de la violencia dividió y debilitó a esa oposición.

Como sostiene el investigador argentino Javier Tolcachier al analizar las elecciones venezolanas: “El principal problema de la democracia en Venezuela no es producto de sus desavenencias políticas internas, ciertamente existentes, sino que proviene de afuera”. Además, advierte que “en América Latina, luego de repetidos intentos por doblegar y derrocar antidemocráticamente al gobierno electo, (en Venezuela) el encono geopolítico norteamericano se ha transformado en amenaza explícita de intervención armada”. Alude a que “la experiencia acumulada por los Estados Unidos en un gran número de conspiraciones anteriores hace pensar en la confluencia de tácticas ilícitas diversas, entre las cuales se encontrarían operaciones de bandera falsa, financiamiento de grupos mercenarios, cooptación de miembros de las Fuerzas de Seguridad o constitución de supuestas ‘alianzas de la comunidad internacional o latinoamericana’. Incluso no pueden descartarse los intentos de magnicidio”.

Nada puede descartarse. En el documento del comandante del Comando Sur Kurt W. Tidd, referido a un golpe maestro contra Venezuela, las elecciones en Venezuela que en primer momento iban a realizarse el 20 de abril y luego se pasaron al 20 de mayo aparecían como un plazo límite para que la oposición derrocara vía un incremento extremo de la desestabilización al presidente Maduro. De fracasar esto, a partir de ese momento comenzaría a imponerse el proyecto de una intervención militar en lo que sería el plan b, para lo cual habrían servido las giras del vicepresidente Mike Pence en 2017, quien en su paso por Argentina en agosto de ese año se expresó en favor de una posible intervención militar a Venezuela después de una reunión con el presidente Mauricio Macri. “Estados Unidos no se va a quedar de brazos cruzados”, dijo Pence ante lo que consideraba una dictadura que amenazaba a Estados Unidos y América Latina, argumento falso convalidado por la ultraderecha proestadounidense de la región.

La doble moral de Estados Unidos es evidente, cuando son públicos los crímenes contra el pueblo de México, donde en el marco del proceso electoral han sido asesinados unos noventa candidatos a concejales y alcaldes, en un país donde la falsa guerra contra el narcotráfico instalada por Estados Unidos ha dejado ya desde 2006, con la firma del famoso Plan Mérida entre el presidente Felipe Calderón y Estados Unidos, más de 200 mil muertos y desaparecidos.

Lo mismo sucede desde hace años en Colombia, con el famoso Plan Colombia (2000-2001), la pata militar del proyecto de recolonización de Nuestra América, donde después de la reciente firma de la paz con las antiguas guerrillas festejada por el mundo, todos los días son asesinados líderes políticos, campesinos, indígenas, sindicalistas, estudiantes, y el paramilitarismo criminal sigue actuando como si nada. En los últimos tiempos se ha intentado asesinar a un candidato presidencial sin que nada suceda, como en Brasil son asesinados dirigentes políticos y encarcelado un expresidente y candidato a la presidencia por un juez que trabaja desde hace años para el Departamento de Estado y la CIA de Estados Unidos.

La OEA, bajo el control de un golpista activo y asumido, como es el secretario general Luis Almagro, traidor a su patria y a la Patria Grande, no hace nada ante la continuidad por vía de elecciones fraudulentas de las dictaduras golpistas impuestas en Honduras, Paraguay y Brasil. La persecución política, mediática y judicial contra los mejores líderes de Nuestra América no importan a la OEA, convertida otra vez en un Ministerio de Colonia a secas.

Sería largo enumerar las violaciones gravísimas a los derechos humanos, a los derechos de los pueblos, a la carta de Naciones Unidas en esos países. Pero, ¿cómo haría algo Estados Unidos, el sembrador de dictaduras en América Latina a lo largo del siglo XX, bajo el esquema de la expansión colonial y la Doctrina de Seguridad Nacional surgida de la Guerra Fría, ahora reemplazada por las Democracias de la Seguridad Nacional, que en realidad son dictaduras encubiertas, y la guerra contrainsurgente.

Giras injerencistas

Para recordar: durante la gira del exsecretario de Estado Rex Tillerson por países de América Latina en febrero pasado, su tema prioritario fue Venezuela. De hecho, su estadía en Bogotá el 7 y 8 de febrero coincidió con la última fase del diálogo entre el gobierno de Venezuela y la oposición, con la coordinación del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero y el mandatario colombiano Danilo Medina.

Cuando ya se iba a firmar el Acuerdo, que contenía todas las propuestas opositoras y gubernamentales pactadas en un documento redactado por ambos mandatarios, unos minutos antes un llamado telefónico desde Bogotá ordenó al jefe de la delegación de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), Julio Borges, que no firmara. Todo el esfuerzo de Rodríguez Zapatero, Medina y los funcionarios de Chile, México, Bolivia y Nicaragua (países de apoyo) se había perdido por órdenes de Estados Unidos.

De esta manera se fue preparando el terreno, incluso para proyectar una especie de “Grupo de Lima” ya no en el terreno diplomático-político, sino como una supuesta coalición de fuerzas militares de los “países amigos”, los mismos que no reconocen ahora las elecciones, obedeciendo las órdenes de Washington para invadir Venezuela. Y digo supuesta coalición porque en 1983, para invadir Granada, una isla de poco más de 342 km2, Estados Unidos obligó a varias pequeñas islas cercanas a formar una coalición militar, cuando algunas sólo tenían fuerzas policiales.

No es casual que el ministro de Defensa argentino, Oscar Aguad, anunciara poco después la creación de una Fuerza de Despliegue Rápido, como las que utiliza el Comando Sur para este período intervencionista. Sin embargo, no será fácil una invasión en el marco de las contradicciones que está creando el gobierno del presidente Donald Trump, aislado en el caso de su amoral decisión de colocar la embajada estadounidense en Jerusalén, avivando la ocupación colonial de Israel, que está exterminando al pueblo palestino, como se ha visto en las masacres cometidas contra manifestaciones pacíficas.

Los Estados terroristas de Estados Unidos e Israel avanzan impunemente en su carrera por dominar el mundo que los ha llevado junto con Gran Bretaña y Francia y otros “países civilizados” a cometer los grandes genocidios del siglo XXI en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen, Sudán, Barheim y otros, y quieren avanzar sobre el Líbano y Jordania. El sueño fascista del Gran Medio Oriente de las “fronteras seguras” de Hitler está siendo revivido en las guerras coloniales de ocupación al precio de millones de vidas, y ahora quieren hacer lo mismo con otras metodología aparentemente menos violentas para dominar Nuestra América y controlar en forma directa todos sus recursos.

El pueblo venezolano nos ha dado un ejemplo de dignidad, como desde hace más de medio siglo lo hace Cuba resistiendo a un imperio ya degradado, pero no menos violento y sanguinario.

 

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