Es más probable que un cura sea pedófilo a que un musulmán sea terrorista

Por Notas de Periodismo Popular

La frase es provocadora. Podría ser impugnada por comparar hechos disímiles (sin duda lo son). No obstante la contundencia de las estadísticas permite reflexionar en torno a los prejuicios instalados socialmente.

El reciente atentado terrorista en Barcelona y al igual que los anteriores en distintas ciudades europeas, puso nuevamente el foco en la comunidad musulmana. Tras la caída del muro de Berlín y el fin del “socialismo real”, el terrorismo internacional se convirtió en el enemigo predilecto de Occidente con el 11 de septiembre de 2001 como su punto de máxima expresión.

Poco importó que los terroristas que tiraron abajo las torres gemelas fueran en su mayoría ciudadanos saudíes. Washington prefirió invadir Afganistán, nación estratégica por sus recursos y su ubicación en la frontera entre Medio Oriente y Asia Central. Poco después vino Irak y años más tarde también Libia.

Fue así que durante los primeros años del siglo XXI los estereotipos que asocian al musulmán -por lo general también árabe- al terrorista fueron llevados a todo el planeta a través de los medios de comunicación y las producciones culturales del cine y la televisión.

Sus consecuencias están a la vista en las medidas tomadas por el presidente Donald Trump de prohibir el ingreso a EE.UU. de personas por el sólo hecho de tener la ciudadanía de determinadas naciones donde la fe musulmana es mayoritaria. O en el auge xenófobo que persiste en Europa y ha sido el campo propicio para el crecimiento de partidos nacionalistas y de ultraderecha.

No obstante un simple dato -planteado por el periodista y físico João Pires da Cruz- pone en cuestión esta mirada: es más probable que un sacerdote sea pedófilo a que un musulmán sea terrorista.

¿Cómo? La cuenta es sencilla. En el año 2014 el Papa Francisco reconoció públicamente que un 2% de los curas de la Iglesia Católica eran pedófilos. Si trasladáramos ese porcentaje a la población musulmana y su pertenencia al terrorismo, estaríamos hablando de más de 30 millones de personas.

Es decir la población total de países como Perú, Venezuela o Malasia. O para buscar un país directamente relacionado con el financiamiento del terrorismo internacional: sería igual a que cada uno de los habitantes de Arabia Saudita sea terrorista.

Pero las comparaciones pueden seguir. Si el 2% de los musulmanes fueran terroristas, ese número duplicaría la cantidad de seguidores de Mahoma en toda la Unión Europea y superaría en más de seis veces a los que habitan en EE.UU.

Ahora bien, esto es si nos acotamos exclusivamente a los datos reconocidos por Francisco. Sin embargo, si se toman en cuenta casos de escándalos públicos de pedofilia como los de EE.UU. o Australia, donde las denuncias masivas pusieron de manifiesto -y a pesar de la Iglesia- lo habitual de esta práctica entre los sacerdotes, los porcentajes aumentan.

En el caso del país norteamericano fue de un 4%, mientras que en la tierra de los canguros el número ascendió a 7%. La traspolación de estos datos nos daría 60 millones y 105 millones de musulmanes terrositas, respectivamente.

Vale recordar que en su mejor momento, y de acuerdo a las estimaciones más elevadas, Estado Islámico tenía un total de 200 mil combatientes. Se trata del grupo islamista con más militantes por lejos, muy por encima de los entre siete mil y nueve mil del grupo somalí Al-Shabab o los alrededor de seis mil del nigeriano Boko Haram.

Cómo señaló Ana Schinder en este portal, “el terrorismo es un acto que implica violencia organizada y planificada sobre población desarmada. Se trata de un acto racional y su principal objetivo es político; se realizan actos terroristas para conseguir tal o cual fin, presionar a un Gobierno u organización a acceder a determinadas demandas”.

De esta forma asociar esos actos a determinada fe o comunidad (como hacen diversos gobiernos) supone someterse a la lógica de aquellos terroristas -como los de Estado Islámico- que se plantean estar librando una “Guerra Santa”.

Habilita un discurso que justifica la marginación y exclusión de los musulmanes, lo cual no hace más que abonar el terreno para la expansión de ideas extremistas que, en última instancia, terminan reforzando aquello que se quiere combatir.

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