El conflicto en Cachemira y otro muro de la vergüenza

Mucho se habla de la construcción del muro entre Estados Unidos y México, pero la cuestión de los muros segregatorios no es nueva. Su simbolismo es tangible e implica dividir un adentro con un afuera, separando dos posiciones divergentes que terminan generando conflictos armados, con violaciones de los derechos humanos.

Jammu y Cachemira es una región en conflicto que se encuentra ubicada entre India y Paquistán, y que contiene un muro divisorio denominado “Línea de Control” (en inglés LOC), compuesto de una barrera de alambres, combinados con minas y alta tecnología, que abarca 740 kilómetros de frontera no reconocida. Originalmente se lo conocía como Línea de Cese el Fuego y comenzó a levantarse en la década de los años ’90 por parte de India pese a las objeciones de Pakistán, cuyas autoridades alegan que se están violando acuerdos bilaterales e internacionales debido a que línea fronteriza en esa zona no está demarcada.

Desde 1947, cuando se llevó a cabo la partición de la India y la creación de Pakistán, se dio la disputa por esta región estratégica ubicada al noroeste del subcontinente en la frontera con la República popular de China. La conformación étnica es de mayoría musulmana, quienes sostienen la separación del territorio y la búsqueda de independencia. Pero cabe destacar que este no es un conflicto religioso.

El 8 de julio de 2016, las fuerzas policiales de la India asesinaron a un joven militante llamado Burghan Wani, de origen musulmán, muy activo en las redes sociales, además de ser un símbolo para los cachemires. Miles de personas asistieron a su funeral y se manifestaron frente al puesto de control lanzando piedras, lo que fue respondido por los militares indios con gases lacrimógenos desatando una ola de violencia y persecución.

Los movimientos sociales que llevan adelante la campaña “Free Kashmir”, denominaron este hecho como “la nueva Intifada”, en la cual las fuerzas de seguridad indias comenzaron a hacer uso de una serie de armas nuevas denominadas “pellet bullets” -compuestas por balas de salva a presión que revientan en pequeños pedazos-, y sostienen que son armas no letales. Lo cierto es que estas armas cegaron al menos a 86 personas, según las cifras oficiales, y hasta el doble según las no oficiales. Las redes sociales se vieron inundadas de imágenes de jóvenes y niños cuyos ojos fueron reventados y sus caras tapizadas por pequeños trozos de metralla.

Un informe de Amnistía Internacional (AI) de 2015 dice que ha registrado más de 800 casos de tortura y muertes en la custodia del ejército y otras fuerzas de seguridad en los noventa, y cientos de otros casos de ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas entre 1989 y 2013. “La investigación de Amnistía Internacional a lo largo de los años ha descubierto repetidamente patrones de impunidad, incluyendo órdenes ilegales del Gobierno a la policía, para no registrar quejas de violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad”, relató AI. Para los cachemires, esta sería una parte de la razón de la masiva respuesta a la muerte de Burhan Wani: “Lo veían como un joven que había sido forzado a levantar las armas después de ser golpeado y humillado por las fuerzas de seguridad indias. Veían en su rebelión un eco de sus propias frustraciones por la falla de la política democrática de resolver la disputa de Cachemira, porque están cansados de la ocupación [india]”, explica Basharat Peer, autor del libro “Curfewed Night” (Noche en Toque de Queda).

Por otro lado, en la actualidad siguen los enfrentamientos con las fuerzas indias, pero políticamente la Conferencia de Hurriyat, que es una alianza de partidos políticos y organizaciones religiosas que buscan la autodeterminación de Cachemira, buscan que se reconozca la situación de la región como una crisis humanitaria y que las Naciones Unidas intervengan y den el visto bueno a la separación territorial. Mientras tanto, el muro sigue fragmentando aún más la situación sin lograr llegar a un acuerdo.

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